viernes, 19 de octubre de 2007

Sentimientos Aledaños A la Muerte

- de las pocas cosas buenas que tenia en mi vida , tu eras la única que valía la pena-
Dijo mientras se inclinaba de forma reverente hacia el mausoleo de piedra vertiginosa. Allí yacía Cecilia , hace un año que ella ya no alegraba la vida de nadie, Luego coloco un par de rosas blancas , puras y vírgenes en aquella placa de mármol de color grisáceo y se retiro diciendo en voz baja , casi en la forma de un susurro , como si le hablara ella.
-me haces mucha falta.-

Mientras se desplazaba entre los diferentes mausoleos, los cuales desde pequeño le recordaban a pequeños castillos erguidos de forma orgullosa para guardar almas y seres queridos, se coloco de nuevo la gabardina de color oscuro en la cual llevaba las llaves a su automóvil. La venta de flores que se encontraba afuera del cementerio estaba cerrada pues ya eran mas de las seis, en su lugar quedaban acostados sobre una cama de pétalos de flores marchitos una perra y sus tres cachorros los cuales temblaban de frió ante tal clima.

Se sentía una brisa fría, pero reconfortante en aquel 19 de mayo , las nubes oscuras cegando el cielo amenazaban con lluvia . La costumbre de ir a visitar a su hija nunca se había olvidado pues la quería mucho y extrañaba , hasta el punto de que llego a pensar en el suicidio después de haberla hallado muerta en la cama. Los doctores siempre le dijeron que le había dado un paro respiratorio, pero el sabia que había muerto por tanto llorar, pues el día antes de haber muerto lo encontró con otra mujer.

El hecho era inaceptable para una niña que en su tremendo dolor corrió hacia su alcoba y se encerró donde sollozó y lloro toda la noche. Mientras el recordaba todo aquello, todo sus pensamientos dolientes. Se acerco al carro y cuando ya se encontraba dentro lo encendió, su mente aun no lograba salir de aquel trance entumeciente, entonces salió del parqueo .El motor producía un sonido monótono y su mente mas se alejaba, todas aquellas memorias de Cecilia llenaban su cabeza, sus ojos grandes y curiosos, su piel blanca y tersa. El siempre había pensado en ella como un ser divino, como un ángel que le llego a el por equivocación. Su apariencia y su atenta mirada ere semblante a la de un búho. De repente se paro en un semáforo y mientras miraba como la primera llovizna caía recordó su nombre Cecilia Alba y como desde que había aprendido a decirlo le encantaba y lo decía muy dulcemente. Las lluvias de mediados de mayo empezaban cobrar su vigencia. Los vidrios del automóvil se empañaban. Se le hacia tarde, el tenia que llegar a cenar a casa, pues su esposa lo esperaba como era de costumbre, ese ritual que se había vuelto monótono, tedioso. La cena siempre era la misma, siempre tomaban el mismo vino tinto, siempre oían la misma música, mientras los dos seres silenciosos simplemente masticaban y sin hablar, sin siquiera hacer un ruido, ni un murmullo, y sin cruzar una mirada.

Pero antes de sumergirse en tan agobiante situación debía encender un cigarro, la lluvia ahora se había vuelto torrencial. El tráfico de las siete en la capital se volvía tan denso como lluvia, y justo cuando se decidía a fumarse el cigarro termino por darse cuenta que ya no tenia ninguno. El trafico cada vez se ponía peor pensaba, el todavía recordaba como era cuando el creció todo era mas tranquilo mas verde mas bello, mas callado. El centro histórico, eso era lo que el mas recordaba, aquella calles atestadas de casas y mansiones que parecían palacios, de almacenes todos tan magníficos como el anterior trayendo nuevas artefactos cada vez mas extraños y maravillosos para que el joven pero desocupado publico que deambulaba estas calles se asombrara, pero todavía superados por su asombro se encontraba ese sello de decencia marcado en sangre y cicatriz que los llevaba a no entrar y tocar por compromiso. El semáforo se torna al verde, dos conductores enfrente ya han de haberse colado mientras, el perdido en sus pensamientos lo permite sin ningún agravio. La gente de atrás de el empieza a impacientarse, junto al sentimiento del mal humor de los disgustados conductores viene un concierto de alegatos y los mas inimaginables y creativos formas de insultos. El entra en razón y muy rápidamente hace de inmediato al auto moverse y con cada carro que lo pasa una serie de muecas y ademanes lo saludan y le expresan el descontento. Ya esta cerca, unas pocas cuadras más y la casa, los rituales de comida, el atolondramiento de espíritu lo esperan. Cada día que va de regreso se pregunta mil cosas, se pregunta como seria la vida si la nena estuviese viva, que cosas le compraría, que bromas le haría , pero no puede pues ella sigue donde esta y el también. Su vida según sus pensamientos se había vuelto en un circulo, todo lo que hacia era abrumantemente repetitivo. Ya esta frente la casa. Toma su control remoto para abrir las puertas eléctricas que el mismo había instalado como una forma de distracción hacia su presente, le había tomado 3 meses lograr instalarlas pero eso lo mantuvo vivo por al menos ese tiempo. La puerta lo espera vacía no hay nadie, no hay quien grite de felicidad o patalee en berrinche, lo único que veía era el marco añejado con el tiempo y las chapas antiguas que según su esposa le daban un toque muy superior a sus puertas. Su esposa Estela se había centrado en un mundo superficial y tan ocupado que no le daba tiempo de recordar los tiempos mejores. A veces el también pensaba que debía ocuparse todo el día para no poder recordar o preocuparse por eso, pero luego miraba en su esposa esa miseria suprimida en sus miradas profundas , en la falta de brillantez de sus ojos en el aura apagada que la rodeaba todo el tiempo y se daba cuenta que esa no era la solución. Su belleza ya había desaparecido, se había lavado por sus lágrimas amargas de la realidad de perder a una hija y luego poco a poco ir perdiendo un matrimonio. Ella probablemente ya lo esperaba sentada. Entro al comedor y se dio cuenta que ella no se encontraba en el, solo estaban los platos de ella sucios tras haber comido, al darse cuenta de que ella ya había comido decidió mejor servirse un trago. El se sentó en la sala viendo como el reloj muy lentamente se movía, el sopor se iba apoderando de el, no podía aguantar, lentamente se rindió ante el. Cada día que pasaba el sentía como si lentamente adentro de el se desvanecía parte de su vida, parte de una vida que cada vez mas desaparecía. El chillido de un auto rechinando enfrente de su casa lo hizo despertar vio el reloj y era casi ya la medianoche, para evitar molestar a su esposa no subió simplemente decidió quedarse solo en la oscuridad tratando de encontrar la manera de resolver su vida y conflictos. Encendió un cigarro y se recostó sobre el gran sillón reclinable color marrón que le había heredado su padre después de su muerte en el 89, mientras yacía en esa penumbra de humareda se perdió en el pensamiento de la única mujer que ahora le traía felicidad , Irene , aunque talvez el nunca lo hubiera creído posible. Irene era su secretaria, ese pedazo de carne sin sesos que contonea el trasero cada vez que va y viene haciendo mandados por la oficina. Como quisiera que ella supiera, que se enterara, que le pudiera decir que hace mas de dos meses que andaba con ella, que ya nunca trabajaba los martes y que no la amaba que lo hacia por puro abandono y desdén, para que ella de una vez por todas agarre un rifle y me machaque a balazos y acabe con esta mierda. Esto era lo que pensaba mientras compartía la cama con el pedazo de carne. Los últimos encontrones con Irene habían sido fugaces, y sin sentido, ya ni se atrevía a verle la cara. Ella por el contrario aun teniendo un novio y una vida aparte de el , lo quería y aunque nunca esperaba que el dejara su esposa por ella lo hacia porque simplemente no podía parar de pensar en ese futuro inexistente.

La primera luz del día se cuela entre las cortinas beige y los ventanales mojados, la perra que ya no dormía ladraba al aire, a los pájaros, a quien sabe que, esa pinché perra nunca se calla, ó al menos eso oía decir a sus vecinos. El cuero pegado a su ropa se sentía cómodo, mientras el ladrar de la perra lo terminaban de despabilar, se dio cuenta de la hora. Ya era tarde, pero tarde para que, se pregunto, todas sus juntas para hoy en el tribunal habían sido canceladas. No oyó nada en la casa, su esposa de seguro se había marchado desde temprano. Mientras lentamente se abría paso para su cuarto, paso por el cuarto de la nena, estaba exactamente como lo había dejado ella pues nadie se había atrevido a mover nada en tan triste lugar. La puerta a contrario de lo normal se encontraba abierta, pues el dolor de ver sus cosas era insuperable. Después de arreglarse pensó en ir a casa de sus padres, pues su madre le había dejado un mensaje en su cocina. Saco el carro del parqueo. El camino entre pinos verdes le daban cierto sentimiento de tranquilidad, la casa magistral que su padre había construido durante los mejores años de su negocio fue apareciendo entre el paisaje.
La crujiente madera del piso estaba nítida, ni un rasguño ni un manchón. La primera habitación en vista era la oficina soberbia del gran señor Arturo Alba, su padre, una sala de estudios atiborrada de libros de leyes , economía y por supuesto los grandes clásicos griegos que durante sus años de muchacho leyó y releyó con una esperanza de salir de su desolación y los pleitos con su padre . La casa estaba metida en un valle que a simple vista pareciera pertenecer por completo al señor Alba, pues la eminente falta de casas en el terreno arbolario era sorprendente. La casa era una mansión hecha en su totalidad de caoba negra y rojiza para los interiores, tenía un aire a una fortaleza, casi no tenia ventanas a excepción de dos inmensas que se encontraban en el comedor que también iluminaba la sala y otra mas encima del corredor. Mientras se adentraba hacia la sala donde su madre lo esperaba sin lugar a dudas tomándose un café o martíni a las 9 de la mañana pensaba en la total in concupiscencia que sentía por su esposa. Al entrar a la sala noto la frialdad del cuarto vacío, de pronto analizo la estuación y se dio cuenta que al entrar había notado que no se encontraba ningún carro en la casa. Muy ofuscado con la situación tomo el teléfono de la casa de su madre y mientras pensaba entre situaciones nubladas de posibilidades quiméricas marco hacia su esposa. Tras tres tonos una voz entre nasal y chillona atendió el teléfono, era la secretaria de su esposa una mujer quien el nunca había visto en persona pero sabia que para Estela era como una confidente.

-Podría ser tan amable de comunicarme a mi esposa.- Pregunto con un tono de hipocresía.
-Ella ya salió a la misa señor Alba- contesto la secretaria en un tono de extrañes.
- A bueno, muchas gracias tenga buen día – respondió en un aire de seguridad fingida.
Había olvidado por completo la misa de un año por la muerte de su querida Cecilia, por eso su madre no se encontraba en la casa. Vio su reloj y volvió todo, se acordó que su esposa se lo había repetido por lo menos dos veces en esta semana. Atribuyo la perdida de memoria a su edad, una mezcla entre frustración y depresión en cantidad milimétrica se apoderaron de el mientras encendía su auto. Su madre sin duda le había dejado el mensaje para saber si la podía llevar ella a la misa. La misa como había de esperarse estaría repleta de gente detestable que hace un año el talvez podría haberles referido como amigos, esa gente sin nada mas en la cabeza que el golf, o el ultimo viaje que habían hecho a Europa o algún continente mas extraño pero sin nada interesante para oír pues todo el tiempo lo habían matado en el hotel cinco estrellas en el bar o el spa sin salir. La Iglesia al llegar se encontraba en un estado de sobrepoblación y justo como lo habría predicho el lugar estaba repleto de gente cuya única cosa de valor era su apellido y un fideicomiso heredado suficiente como para nunca utilizar las manos y la mente en algo no considerado ocioso, aun así al entrar los saludó a todos como si todos fuesen amigos del alma. Si algo había aprendido de su madre era su impecable comportamiento social. Tras acabar la larga jornada de besos, sacudidas de mano farsantes y alguno que otro comentario amable acerca del estado físico de las personas, finalmente se encontró frente a su madre y a su esposa. Su esposa al lograr tenerlo en vista y alcance dio inicio a la procesión de alegatos por su tardanza.
Es como si no te importara-con estas palabras el sintió la frialdad de la daga pasando por el corazón de María, imagen que contemplaba con ojos incrédulos segundos antes de oír tan horrendas palabras.
Segundos después de asentir la cabeza en forma de aceptación hacia lo inferido por la esposa, el padre entro a la iglesia y sin necesidad de señal alguna todos en forma fiel e inmediata tomaron sus asientos en las bancas y dio comienzo a la misa. El podía sentir sus ojos contemplarlo con su áspero sentimiento. Mientras digería cada una de las palabras escuchadas como si fueran solamente para el. Los rituales sin sentido y de forma mecánica lo aburrían de manera increíble. La gente repetía a forma de coro las lecciones enseñadas por un extraño que bajo de una estrella y al poco tiempo matamos. Los minutos eran eternos, la reiteración de las oraciones producían un efecto soporífero. El gastar mas tiempo de su vida sentado dejando los alientos morir al aire, le resultaba absurdo. La multitud con el alma hinchada en culpas e hincada en tablas de madera asemejaba a un pueblo doblegado por sus conquistadores. El humano es el ser mas inmaduro, busca la comprensión de sus problemas en lo místico, y lo mítico y se somete a fanatismos para hallar las respuestas a los actos que el mismo provoca. La niebla de pensamientos no lo dejaban en paz. La constante critica mental que hacia todo lo que lo rodeaba no permitía que pudiese ver a la hermosa mujer que le pedía la ofrenda en un a canasto de mimbre adornado con un manto con una cruz de color dorado. La misa acabo con unas palabras que el nunca oyó pues sentía en el fondo de su mente el llamado de su querido ángel, Cecilia Alba, la niña de su vida; la única de todas, la única que valía la pena.

** Final en construccion **

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